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21/07/2013 | Viajar y ´turistear

Que la época estival propicia los desplazamientos turísticos es algo innegable, aun cuando ya hay turistas en todas partes del mundo durante todo el año. Es curioso que una industria de primer orden, como es el turismo, no tenga un verbo propio para ser definida. Se dice "hacer o ir de turismo" pero no turistear ni nada parecido. Quizá por ello se adjetiva de mil maneras, en un intento de enmarcar tan amplia acción: desde el redundante turismo de ocio, hasta el perverso y delictivo turismo sexual, pasando por el contradictorio turismo de negocio, el realista turismo de masas o el de aventura que, en mayor o menor medida, lo desea en su fuero interno todo turista que se precie. La dificultad de encontrar un término unívoco que abarque las muchas posibilidades de turistear es patente.

Se podrá pensar que para eso está el verbo viajar. Pero tengo para mí que turismo y viaje son conceptos distintos. Ser turista no implica necesariamente ser viajero, en el sentido clásico del término. Pero tampoco el viajero que se precie actuará como un turista ¡Dios le libre! sino todo lo contrario. Turismo dice el Diccionario que es viajar por placer. Yo añadiría: sin más. Pero el viajero va mucho más allá: practica ese placer abstrayéndose de las vicisitudes y contratiempos del viaje o de la estancia. El viajero se sublima aspirando fantasiosamente el perfume de lo soñado. Las contingencias materiales que depara viajar -pues como en la casa de uno, que decía el inmovilista, en ninguna parte- se subordinan en un plano muy inferior a la complaciente vehemencia de encontrar un mundo nuevo y distinto, acaso ni remotamente imaginado.

George Sand, la amante de Chopin (¿o fue al revés?) en su Viaje a Mallorca, le pregunta al lector: ¿Cuándo viajas, por qué viajas? Ya sé que viajar es un placer por sí mismo –escribía- pero ¿qué te empuja a ese placer dispendioso, fatigante, peligroso a veces y siempre plagado de decepciones sin número? Es esta consideración del viaje que embargaba al antiguo y auténtico viajero la que no tiene el turista. Quien turistea busca un placer regalado, donde todo se le dé ya descubierto por las pinceladas que lee en el folleto de la agencia de viajes o la turoperadora (otra palabra aun no registrada en el Diccionario), y en el que no cabe decepción, sino confirmación de lo que espera ver, porque no ha puesto su imaginación a trabajar y su deseo de aventura es limitado; ha de saber siempre de antemano, como buen turista, el terreno que va a pisar.

Lamentablemente cada vez se valoran menos los alicientes del auténtico viaje. De hecho hay anuncios ofreciendo cruceros a precios irrisorios con un cúmulo tal de atracciones a bordo, que silencian lo esencial: la ruta a seguir. Ese crucerista (¡tercera palabra nonata para el Diccionario!) solo busca viajar en barco, y disfrutar de todas las posibilidades que en el mismo se le ofrecen para combatir la serena contemplación del mar, que al turista, a diferencia del viajero, se le hace odiosa. Podría incluso prescindir de hacer escalas y visitar los puertos en los que recala. 

Un locuaz taxista dublinés (éste, turista de tierra) no paró de decirme en todo el trayecto lo bien que se lo había pasado en Fuengirola, jugando al golf. Al preguntarle lo que más le había gustado de la Costa del Sol me respondió que no había salido del hotel en toda la semana más que para ir al campo de golf (!).

Cómo no citar al aficionado al futbol que se desplaza a otro país cuando juega su equipo, en un viaje de ida con vuelta inmediata, casi simultánea, sin saber ubicar en el mapa a donde va ni conocer de la ciudad de destino algo más que el estadio y los bares de sus alrededores. Lo que busca –y obtiene- este singular turista es el placer de corear a su equipo, junto a los mismos aficionados que comparten habitualmente las gradas aledañas a la suya, pero en un ambiente distinto. El lado aventurero para este seguidor no es el viaje, sino pensar que su equipo puede ganar en tierra extraña, donde solo su pandilla coreará los goles, mientras él se encuentra rodeado de caras hostiles que profieren ininteligibles imprecaciones.

El turista ignora que evadirse es gratis o casi. Solo cuesta un libro y el esfuerzo de leerlo. Incluso menos aún, si se sabe bucear a fondo en Internet, la telaraña de redes. Conocer otros lugares, indagando su historia y su cultura, nos permite siempre aprender más de nosotros mismos. En términos de hoy, sería como elegir uno de esos programas televisivos de españoles por el mundo, o andaluces, o madrileños, pero eso sí, sin que nadie te lo cuente, y escogiendo por ti mismo el sitio visitado y los datos que quieres conocer.

Es patente que mis preferencias se inclinan más a viajar que a turistear. Quizá sea un efecto y un defecto cronológico. Quizá. Aunque en mi fuero interno nadie me impida pensar que el problema no es mío, sino del tiempo actual, en que se prefiere el turismo al viaje. Allá ellos.

 

Artículo de José María Davo Fernández.

 

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