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14/11/2013 | Pablito

Una de las muchas ventajas de hablar otros idiomas, querido Pablito, es poder leer algunos libros que, por no llegar a ser traducidos, resultan inasequibles de otro modo. Fue así como descubrí en octubre del pasado año, haciendo tiempo en una de esas interminables esperas de los vuelos en tránsito, uno recién impreso del ensayista francés Jean-Louis Servan-Schreiber de atractivo título: Aimer (quand même) le XXI siècle que yo traduzco como Querer (al menos) al siglo XXI.

Realiza el autor un análisis de la evolución de la sociedad a partir de la segunda mitad del siglo pasado, que no tiene desperdicio. Comienza diciendo que si su padre sobrevivió a dos guerras mundiales y al lanzamiento de la bomba atómica él, y sus contemporáneos europeos, hemos conocido la construcción de Europa, el fin del comunismo, la liberación de las costumbres, la reducción de la jornada laboral, la protección social y la prolongación en quince años de la esperanza de vida. El Siglo XXI ha debutado con el atentado del 11 de Septiembre de 2001, y la lucha contra el terrorismo ha sustituido a las guerras frontales o frías del siglo precedente. Ahora el trabajo escasea. Tecnología, finanzas, ecología, mundialización, mestizajes culturales, transformaciones biológicas, trazan las grandes líneas de nuestro futuro común. Y se pregunta el autor: ¿Hay que contemplar esto con esperanza o con temor?

Porque para Servan-Schreiber hoy en día, la crisis de confianza en los sistemas políticos y en los valores, incluyendo los democráticos e individuales, nos sumergen en la incertidumbre. Tenemos la libertad de elegir por nosotros mismos nuestra propia escala de valores. Por eso se aplaude al conocido futbolista Messi cuando entra en el juzgado a declararse delincuente. La promesa social que se nos hacía, se ha invertido. Cuando otrora la mística religiosa o totalitarista nos decía «la recompensa, mañana», en el siglo XXI se nos dice «consuma y diviértase ahora, ya pagará más tarde». Hasta que la crisis actual ha puesto fin al estado no del bienestar, sino del despilfarro.

Los políticos, Pablito querido, hacían promesas electorales a crédito, que se ha demostrado eran engañifas. Empezamos a entender que hay que pagar al contado. Incluso el individualismo dominante está en crisis. (Un individualismo aislacionista, que llevó a un tuitero a escribir: hoy no tengo wifi ni internet. Estoy hablando con mi familia. Parece gente simpática.)

Si en los albores del siglo XXI el uso de la tecnología no tenía casi difusión, apenas una decena de años después, todos los humanos nos hemos tecnificado. Incluso, como dice Servan-Schreiver, vamos camino de externalizar una parte de nuestras funciones cerebrales, como la memoria; y hay quienes decimos que esta revolución ha centuplicado ya en sus consecuencias a la invención de la imprenta. Para los jóvenes la Historia empieza justo antes del siglo XX, con las primeras imágenes filmadas. Lo anterior, lo de los libros, es para ellos Prehistoria.

Las máquinas saben más que nosotros a veces. Aunque eso sí: en Google no se pueden encontrar respuestas a las cuestiones existenciales. Tenemos todo el conocimiento de los grandes filósofos a nuestra disposición, pero no sabemos más que ellos. Vivimos un mundo acelerado, cuya velocidad no se detiene al salir del trabajo, dejando allí el ordenador, porque nos lo llevamos en el bolsillo. Los ciclos de la vida familiar –matrimonios, divorcios– duran menos que la vida de un individuo. Vamos camino del modelo norteamericano, donde un titulado superior cambia de trabajo una media de once veces en su vida.

Te sorprenderá conocer, mi querido niño, que en las relaciones humanas la pareja se ha convertido en una pequeña empresa que debe producir permanentemente goce y satisfacción narcisista, al decir del joven filósofo francés Yan Dall´Agio. La precariedad de las parejas obedece a la intromisión del mercado económico en el campo de los sentimientos. Tales «lazos débiles» son los que describen los nuevos modos relacionales de este siglo. Relaciones ambiguas, entre estar juntos y estar solos. Por eso, estadísticamente, hoy se está más solo que nunca. En París, el 40% de los hogares se compone de una sola persona; y en Estocolmo son más del 60%. Los esquemas de amistades indefectibles y de parejas eternas, dice Jean-Louis Servan-Screiber que ya no son la norma, sino la feliz excepción.

El suplicio de Tántalo de tener superabundancia de libros, películas, viajes y no contar con tiempo suficiente que dedicarles, ha generado el síndrome del «corto placismo». Elegir se ha convertido en un difícil ejercicio. Nadie tiene ya tiempo de pensar en el porvenir y, lo que es peor, los dirigentes de las naciones y de los sistemas económicos mundiales no están por ello en condiciones de adoptar medidas con una visión a largo plazo. Nuestra sociedad se está volviendo miope. Se abuchea a la Monarquía, sin pensar en las consecuencias de su abolición ni tener meditada la figura de recambio.

A este mundo has venido, pequeño Pablito. Pero no te asustes. Confía en tu capacidad para cambiarlo o, al menos, de intentarlo. Como hicimos otros antes que tú. Confío en que tú y tu generación sepáis corregir nuestra miopía social con gafas de sensatez. Y en cualquier caso, has de saber que tu abuelo estará siempre a tu lado.

Artículo de José María Davo Fernández.

 

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