23/02/2014 | El tren botijo
No es una fantasía mía lo de un tren botijo, pues idear un artilugio semejante rebasa con creces mi imaginación. Pero los trenes botijo existieron. Así era como se llamaba hasta la década de los setenta del pasado siglo a lo que hoy calificaríamos como chárter: un tren que se formaba para atender algún acontecimiento concreto, ya fuera religioso, patriótico o deportista. Los únicos que conocí fueron, en mi etapa universitaria, los trenes botijo que llegaban a Granada procedentes de Málaga, cargados de aficionados al fútbol. Entre ambas provincias había entonces tales piques, como sucedía también entre otras aledañas, que generaban incluso peleas; no por pasión futbolística, sino por rivalidad provinciana. Resentimientos que irremediablemente acababan con el apedreamiento del tren botijo con independencia del resultado deportivo. Aunque las contusiones de los visitantes solían ser menores, en comparación, que los vituperios que se lanzaban unos a otros.
Desde que formalmente acabaron esas disputas vecinales han transcurrido quizá cuarenta años; periodo lo suficientemente dilatado como para que la visión pueblerina, alicorta, que tal comportamiento supone se hubiera ya esfumado gracias a una mayor educación y a una visión algo más amplia del mundo, que no se acabe en el horizonte de la provincia contigua. Cuando compartimos una visión europea, que nos une a Finlandia por el norte o a Rumanía por el Este, no deberíamos seguir anclados en rivalidades pueblerinas, tradicionales antaño entre dos ciudades confines, que solo se justifican porque los limitados medios de transporte de entonces no permitían llegar cómodamente algo más lejos. Estos comportamientos deberían ser injustificables hoy en día.
Pese a ello y aunque pueda resultar increíble, nuestra pobreza mental sigue siendo la misma que hace medio siglo. Viene esto a cuento por la desagradable sorpresa que me ha producido ver una reacción provinciana, zafia, en muchos dirigentes políticos sevillanos al conocer que en Andalucía se había nominado como futuro líder de una formación política a uno que no solo no era sevillano sino que, para más inri, era malagueño, de la provincia limítrofe y rival. Reacción que se ha generado tanto entre los miembros del partido más opuesto como entre los propios conmilitones del designado. Actitud inconcebible, cuando la capital de Andalucía goza de más prebendas que cualquiera de las otras siete; pues cuenta con unos valedores que consiguen sólo para aquella capital lo que en sana lógica debiera repartirse proporcionalmente entre toda la Comunidad. Sin embargo, me temo que aquellos siguen manteniendo una actitud mezquina, cicatera, miserable, propia de quienes piensan y actúan con envidia ruin, por muy fuerte que parezca la expresión y los calificativos. Porque no son banderías, sino rivalidades por cuestiones hegemónicas las que subyacen tras estos comportamientos.
Igual sucede cuando los taxistas de Málaga capital montan una huelga agresiva, para impedir que taxis de otras localidades de la provincia acudan al aeropuerto a recoger pasajeros. Era de ver hace unos días el lamentable espectáculo de unos viajeros, que llegaban cansados tras unas horas de viaje, pero con la cara iluminada al ver el sol del que carecen en su país de procedencia. Súbitamente su faz se tornaba primero en extrañeza y luego en consternación, al ver furgones y policías antidisturbios desplegados por donde deberían estar aparcados los taxis que esperaban tomar.
Turistas víctimas de otra rivalidad provinciana, en el que la miopía de los huelguistas no alcanza a ver que es mejor repartir las migajas del pastel que envenenar el dulce. Desatendiendo una legislación sobre libre competencia que, posiblemente por inoperancia de los legisladores, no alcanza a regular adecuadamente estas situaciones.
Estos enfrentamientos alcanzan otra dimensión cuando los oponentes se motejan, con desprecio a la legalidad vigente, de soberanistas y constitucionalistas. Pero no deja de ser una rivalidad local. Lo mismo tiene que esto suceda entre escoceses e ingleses, que entre flamencos y valones o entre leoneses y bercianos. Cuando estamos insertos en comunidades mucho más extensas que comparten unos mismos intereses económicos, falta altura de miras en un mundo hoy en día casi sin límites.
Lo que ganaríamos todos si estas energías se dirigieran a combatir la pobreza, a intentar pacificar los pueblos, a erradicar la enfermedad, a enseñar tolerancia para con las personas que piensan de otra manera o tienen creencias religiosas distintas. Seguro que si eleváramos el nivel cultural de las gentes gran parte de las rivalidades desaparecerían. Pero resulta más capertovetónico seguir odiando al vecino que tenemos más cerca. Me causa vergüenza generacional no haber erradicado el entrecruce de piedras e insultos entre nativos y pasajeros de un tren botijo que, en el siglo XXI no debiera circular. Que hayamos educado mastuerzos con la misma incultura y rencor de hace cincuenta años.
Artículo de José María Davo Fernández.
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